🔵 ¿Quién manda en Miquihuana? Esa es la pregunta que hoy se hacen cientos de familias mientras abren la llave y solo escuchan el eco del vacío. Porque en este rincón de Tamaulipas, la política no se hace con votos ni con debates, se hace con las válvulas del agua.
Lo que estamos viendo es un guion clásico del realismo mágico —o más bien, de la tragedia política— mexicana: una guerra de egos donde el ciudadano queda en medio, seco y olvidado. De un lado, la alcaldesa Gladis Vargas Rangel; del otro, el enviado del Gobierno del Estado, Héctor López. Dos piezas de un mismo rompecabezas que simplemente no quieren encajar.
La “Guerra de las Válvulas”
Fuentes locales confirman lo absurdo: mientras el personal de Comapa intenta conectar un tubo, los enviados de la presidencia municipal parecen jalar para el lado contrario. No es falta de técnica, es exceso de soberbia. Es la medición de fuerzas para ver quién puede más, quién tiene la última palabra y, sobre todo, quién se cuelga la medalla… o quién le echa la culpa al otro.
Si el drenaje colapsa, la culpa es del Estado. Si el agua potable no llega, la culpa es del municipio. Y en medio de este “ping-pong” de responsabilidades, la infraestructura se cae a pedazos.
El sospechoso comunicado
Para lavarse las manos, la Comapa Miquihuana, ha lanzado un comunicado que parece más una confesión de incompetencia que un aviso oficial. Dicen que “personas ajenas” movieron los registros. ¿Personas ajenas? En un pueblo donde todos se conocen, ese eufemismo tiene nombre y apellido político.
Y la excusa maestra: la paquetería. Nos dicen que el agua no llega porque los materiales se retrasaron por las compras navideñas. Como si el derecho humano al agua dependiera de la logística de una empresa de envíos o de que Santa Claus no saturara las carreteras.
El fondo es claro: Miquihuana es hoy el laboratorio de una fractura política donde el poder se ejerce castigando al grifo.
Mientras Gladis y Héctor deciden quién es el dueño de la tubería, las familias tienen que ver cómo rinden el último bote de agua. Porque en esta lucha de facciones, lo que menos importa es el servicio; lo que importa es quién dobla a quién.
Así las cosas. En Miquihuana, la política no fluye… y el agua, mucho menos.
